Hoy, cuando puedo… sólo me leo.

A penas saco tiempo entre muchos quehaceres para reencontrarme.

Busco entre juguetes los suspiros de una mirada al vacío que destense mi lista de deberes.

En este pequeño espacio en el que me situó el Creador del mundo para poder jugar mis batallas, me comprometo cada día con un nuevo fin.

No sé si es lo que hay que hacer…o simplemente debería aceptar la momentaneidad de mi vida asumiendo las decisiones que nunca piensas que serán trascendentales, con la irretroactividad de sus resultados.

Pienso que un mecanismo de defensa…y en los últimos tiempos ya una tendencia afianzada del ser humano, es preferir no pensar en cómo estamos guiando nuestro impacto en otros. No valoramos nuestras capacidades de amar, perdonar y olvidar.

No somos tan distintos unos de otros…solo que vivimos absortos en un sinfín de imposiciones que colapsan nuestra visión para ser mejor sello en las personas que comparten tu mismo campo de batalla.

¿Qué pasaría si tú… quien me lees… mirase la vida como un lugar donde estampar tu sonrisa pese a lo que cuesta muchos días sacarla del cajón? Sé que a veces no la encuentras tampoco.

Las personas con las que nos cruzamos tal vez necesiten ese sello más que tú y al hacerlo estás no sólo inyectándole una dosis de sorpresa..incredulidad y positivismo.. No es solo eso… y mira ya lo que es de por sí.

Nuestro bolso roto , ese donde guardamos cosas como cartera, gafas y algunos pañuelos para secarnos las lágrimas de la alergia…o las que no son de alergia…pierde cada día posibilidades de guardar ser o dar felicidad.

Pero…¿y si se pudiese convertir en un contagio real el sentir que no fue casualidad el cruzarnos?

Las cosas siempre pasan por alguna razón.

Y está en nuestra mano desentrañar el polvo de nuestra conciencia y agarrar fuerte ese mástil de valor que precisa el otro para levantar el suyo.

Amemos.